• Scrubs Editor
  • 3 years ago

“Nunca olvidaré el número de tu habitación o tu dolor”

Puede resultar difícil digerir todo lo que ves y experimentas mientras haces tu trabajo, desde pérdidas devastadoras a los más inesperados milagros.
Algunas veces la mejor manera de superar un día emotivo es acabarlo con una nota dirigida a ti, a tus pacientes o a nadie en particular.

Pregúntaselo a Kati Kleber, una de nuestras enfermeras blogeras favoritas.

Más abajo, Kati (conocida como la enfermera Eye Roll) lucha contra el sufrimiento del paciente desde un lugar que solo una enfermera puede entender.

¿Te resulta difícil lidiar con las poderosas emociones que encuentras cuando estás haciendo tu trabajo? Aquí tienes un simple pero poderoso recordatorio de que nunca estás sola, ni un solo momento:

No sé qué más puedo hacer.

Aquí estás, tumbado en la cama de un hospital desde hace cinco días, totalmente consciente de todo lo que está pasando pero incapaz de contarle a nadie lo que estás pensando.

No puedes mover tu pierna y brazo derechos. No puedes tragar, por lo que tu saliva te hace toser constantemente.

Solo tienes 69 años.

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Tu hermano y tu cuñada murieron hace ocho meses. Eran tus mejores amigos.

Tu mujer durante 35 años te ha dejado recientemente.

Te ibas hundiendo y hundiendo en la oscuridad de la depresión pero ponías buena cara delante de tus pocos amigos y de los familiares que te quedaban para que no hicieran preguntas. No querías hablar de ello porque hablar de ello te hacía daño. Hacía tanto daño. Por eso hacías ver que estabas bien, pero en realidad no lo estabas. Era como si estuvieras en una habitación fría y oscura, sin puerta, sin ventana, sin cama ni consuelo, sin escapatoria. No había nadie allí para darte un empujón porque nadie sabía que estabas allí.

Incluso tus sueños estaban empapados de tristeza y de alguna manera estabas en una habitación todavía más oscura y profunda.

No había refugio.

Y entonces tuviste una apoplejía que cambiaría tu vida para siempre.

No solo no puedes mover la parte derecha de tu cuerpo, sino que además apenas puedes hablar. Solo puedes decir de dos a cinco frases de una vez antes de cansarte y después tu habla es ininteligible.

Una vez fuiste un hombre orgulloso y reservado. Ahora dependes completamente de este equipo de veinte y treintañeros para limpiarte y moverte cada dos horas. Te frustra que la gente no pueda entender qué estás diciendo, por eso hablas poco. Ya era demasiado antes de que esto empezara.

Los médicos entran y salen diciendo que vas bien. ¿Qué significa “bien” llegados a este punto? Sí, tus signos vitales y análisis son estables, estás recibiendo la nutrición adecuada y no tienes ninguna infección. Pero no se paran a preguntarte cómo estás. De todas formas, aunque preguntaran, no podrías contárselo…

Ya le habías contado a una enfermera que querías morir. Quieres tirar la toalla.

Se me parte el corazón. No sé qué hacer para animarte, para aliviar tu dolor. Sé que no puedo hacerlo desaparecer pero me gustaría ponerte las cosas más fáciles.

Por eso me resisto a irme. Estoy en tu habitación tanto como es posible. Bromeo contigo. Pongo las fotos de tu familia en el lado izquierdo de la cama porque ya no puedes mirar hacia el derecho.

Te pregunto cómo estás y espero tu respuesta.

Cojo tu mano cuando la estiras hacia la mía.

Seco tus lágrimas porque no llegas a tu propia cara. También yo derramo algunas porque ahora veo un poco de ese terrible dolor por el que has pasado. Y duele.

Seco tus lágrimas porque no llegas a tu propia cara. También yo derramo algunas… haz clic para tuitear
Te digo que siento que hayas perdido a tu familia. Reconozco lo duro que debe haber sido y sigue siendo. Murmuras “gracias” arrastrando las palabras y con labios temblorosos. Tengo la sensación de que eres uno de esos hombres que “nunca llora” y odias que esta enfermera veinteañera se esté acercando a ese punto. Pero en el fondo lo aprecias.

Intento darte ánimos. Intento decirte que estoy orgullosa de tu progreso y de que todo irá siendo más fácil. Aprietas mi mano un poco más fuerte.

Empiezas a hablar más pero es difícil de entender porque te estás cansando. Te enfadas porque no puedo entenderte. Ahora te estás enfureciendo. Apartas tu mano de la mía. Pones los ojos en blanco. Aprietas los dientes. Cierras los ojos para acabar con la interacción.

Me aparto de ti y salgo de la habitación. Intento contener mis sentimientos de frustración e insulto personal después de intentar conectar contigo y retrasarme en las 900 otras cosas que me quedan por hacer, para que te acabes enfadando conmigo. Pero inmediatamente me trago mi orgullo y frustración porque no me puedo ni imaginar por lo que estás pasando. Intento recordarme a mi misma que no está enfadado conmigo, está enfadado porque no puede hablar…está enfadado con la situación. Espero.

Voy a revisar tu historial para asegurarme de que te han reanudado los antidepresivos. Reservo una consulta con nuestro capellán para que pase a verte cada día y te ofrezca consuelo. Llamo a tu hijo para comunicarle que aunque físicamente vas mejorando, te beneficiaría ver cara a cara a un ser querido.

He hecho todo lo que he podido. No se me ocurre nada más.

Espero que sea suficiente. Espero no haber empeorado las cosas. Aunque probablemente nunca lo sabré porque cuando regrese al trabajo te habrán trasladado a otra unidad. Pasarán unas semanas antes de que te mezcles con otros antiguos pacientes en mi cabeza. Para que me olvide de tu nombre, pero seguiré recordando tu número de habitación y tu dolor.

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